viernes, 18 de febrero de 2011

Buenos modales en la mesa


Autor: Wilfredo Pérez Ruiz

Para empezar reiteramos un aspecto básico: el comportamiento expresa nuestra cultura y, consecuentemente, a través de un almuerzo se conoce mucho del mundo interior de una persona a partir de observar detalles que describen el perfil integral de su personalidad.

Por lo tanto, el estilo de actuar en la mesa puede ayudarnos en nuestro desarrollo profesional y personal. Es importante considerar que los hábitos deben aplicarse constantemente y no, como algunos creen, en ‘ciertas ocasiones especiales’.

Es aconsejable practicar una secuencia de virtuosas acciones, porque lo que se hace en privado se hará en público. No importa dónde vaya a comer, los modales pueden ayudar a convertir esta experiencia en una situación placentera.

El que un individuo se encuentre comiendo solo en su casa no justifica sentarse con una postura desgarbada, apoyar los codos sobre la mesa o hablar con la boca llena.

Es normal reservar los mejores modales para mostrarlos cuando se comparte con prójimos que no conviven con uno, pero también con quienes conllevamos la vida diaria merecen recibir nuestras positivas costumbres. Tenga presente que la adecuada educación distingue.

Aunque parezca obvio, a la mesa es esencial presentarse limpio y arreglado. Conozco profesionales que ni antes ni después del almuerzo cumplen con su elemental aseo. Sin embargo, aparentan buen nivel competitivo y, además, tienen la permanente inelegancia de colocar el celular como un cubierto y usarlo, molestando al resto de comensales.

Otro error común es carecer de tino para evitar hablar de puntos incómodos como enfermedades, desgracias, malas noticias, difuntos y accidentes.

No olvide algunas pautas indispensables: una postura correcta no solo ayuda a la digestión, sino que sugiere una agradable actitud y cortesía hacia los comensales. Evite levantar los codos al usar los cubiertos; bájelos y manténgalos junto al cuerpo.

La servilleta se coloca suavemente en las piernas; no se sacude o cuelga como babero, ni se prende de la cintura. Se empieza a comer cuando todos tengan sus platos servidos. Dejar la comida es una norma equivocada; coma de acuerdo a su apetito.

Hay quienes con mucha rudeza, agresividad y rapidez consumen sus alimentos. Recuerde la frase: “Coma como si no tuviera hambre, beba como si no tuviera sed”. Acostúmbrese a comer con serenidad y no tomar los líquidos como si tuviese la sed de un camello.

En ocasiones me encuentro con allegados a los que les encanta emplear la expresión: “estamos en confianza”, a fin de justificar su equivocado proceder o amparar más de una falta. Por ejemplo, colocar una vajilla dañada, exponer un mantel sucio, poner en lugar de servilletas papel toalla, asentar un individual plástico sobre el mantel (para no “mancharlo”), pedir que nos quedemos con los cubiertos de la entrada para usarlos con el segundo plato, estirar los brazos para servirse el ají o situar una botella de dos litros de gaseosa -que dificultará la visibilidad entre los comensales- entre otras acciones desatinadas y ofensivas.

Esfuércese por mostrar siempre (incluso en su actividad privada) una mesa bien instalada, pulcra y en óptimas condiciones. Ello hablará de su autoestima.

No diga que está “en confianza” para justificar servirse la sal con los dedos, hacer bromas de mal gusto, hablar por el celular, pararse a cada rato y coger un trozo de carne de la fuente con sus cubiertos personales.

Por más rica que esté la comida no se chupe los dedos, ni se limpie los dientes con la lengua o uñas. Los alimentos se llevan a la boca y no la boca a los alimentos; no se agache, ligeramente inclinado es lo correcto. Al toser o estornudar emplee el pañuelo procurando volver a un lado la cara, sin hacer ruidos incómodos. Un alto grado de intimidad no avala presentar rutinas impertinentes.

Los caballeros ayudarán a jalar la silla al sentarse y pararse a su compañera o vecina. Siéntese por el lado izquierdo y retírese por el derecho. A las damas es conveniente invocarles que la mesa no es su ‘tocador’ para sacar la polvera, peinarse, acomodar la cartera, retocar el maquillaje, pintar las uñas, fumar, etc. Todos estos actos le restan cortesía a quien los hace.

La urbanidad se predica con el ejemplo y tenga en cuenta las sabias palabras del filósofo español Jaime Balmes: “La educación es al hombre lo que el molde al barro: le da forma”.

Por Wilfredo Pérez Ruiz

Expositor de etiqueta social en el Instituto de Secretariado ELA y la Corporación Educativa Columbia. Docente y consultor en protocolo, imagen personal e institucional y etiqueta.

http://wperezruiz.blogspot.com/

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